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29 marzo 2010

Salvando lo que dices que puede que no todos tengan como norma ser honestos, creo que los recuerdos de los hechos del pasado no son propiamente recuerdos de hechos, sino recuerdos de cómo los percibimos en su día. Y la percepción de las cosas no es propiamente percepción de la realidad, una cosa inconmensurable, sino reconocimiento de imágenes previamente almacenadas de lo que presumimos ser la realidad. Percibimos fácilmente lo que ya está en nosotros, lo que postulamos ser la realidad, y con mucha dificultad los elementos nuevos o que no se ajustan a nuestras espectativas.
Ajustamos la realidad a lo que de ella ya hay en nosotros. Y desde el momento que ya es nuestra, que ya la hemos integrado en nuestro ser, vamos modificando ese recuerdo a medida que nuestras experiencias nos van cambiando.
Pero hay, creo, algo profundamente patológico cuando esos recuerdos distorsionan demasiado los hechos vividos.
Si el mundo es objetivo, y no tenemos razones para creer que no lo sea, crecer, evolucionar, no puede ser otra cosa que adaptarse a ese mundo. Modificar la percepción del mundo para mantener inamovible nuestro ser es síntoma de algún malsano desorden interior.

de El café de Fernando

17 junio 2009

La felicidad... Humm, es algo más que una sensación, más que una emoción.. Yo diría que es algo así como un estado de ánimo, ¿no?

Bueno, pues si es un estado de ánimo debe de ser una de las poquísimas cosas que están bajo nuestro control.

El truco que usa la sociedad para que seamos los miembros disminuidos que necesita es hacernos creer que no depende de nosotros. Así toda la energía que ponemos en conseguirla (que puede ser más que la que un humano equilibrado gastaría en sobrevivir), la puede desviar, este monstruo holista que conformamos, en provecho de fines que nos son ajenos.