07 septiembre 2006

vale: POEMA MÍSTICO

¿Qué quieres de mí ahora? ¿Por qué me despiertas de madrugada? ¿Por qué con esas ideas raras? No iré a hacerlo, Señor. Perdóname; deseo, pero no quiero. Encuentra otro modo de arreglar tu problema. Y no me eches a mí la culpa. Yo también estoy preocupado. Soy tan sensible como tú. O casi. ¿No me calentaste, fundiste, colaste, decantaste, concentraste y depuraste? Creo que incluso pasé una sublimación. ¿No tienes bastante? Ya sé, te preocupa tu rebaño. Yo también soy pastor de tus ovejas. Pero no tanto. Soy sólo otro zagal nuevo. Pero también soy una oveja, o si quieres un cabrón. Así que no me jodas. Que ya me tuviste bastante jodido. ¿No te presté mi cerebro por tres años, para que ataras nudos en tu red o no sé qué cojones? ¿Y qué me diste a cambio? ¡Carnaza; como a los cerdos! ¡Oh! Placeres exquisitos… Recuerdo bien cómo estaba, enredado en tus hebras pegajosas, disuelto por dentro, tendido como una red sobre tu mundo, que entresacabas y mezclabas, la piel de gallina, indiferente, viéndote tirar de mis neuronas, a ver qué pesca milagrosa hacías. Otros hubieran muerto. ¡Otros se volvieron locos! ¡Otros se mataban! ¿Quién cómo yo? ¿Quién venció su miedo cómo yo? No habrá muchos, no me engañes. Si algunas veces, aun metía mi manita entre las tuyas, tus manazas rojas, y te decía: .- Probemos por esta senda, a ver que tal, no tengo miedo (y me moría), aun aguanto un poco más, comprueba la tensión de este sendero. Y sé que de mis tejidos sacabas carne, para tapizar los caminos inseguros… Pero ahora ya está bien. Déjame reposar en mis prejuicios (los pocos que salvé) que ya me esforcé por ti bastante. ¿O no recuerdas que me dabas pena, y para que no anduvieras solo, te acompañaba a la taberna?
.- ¡Una jarra de aguardiente para mí, y un dedalico de cerveza pal gusano!
Aun tengo tus huellas en la espalda, de cuando me dabas palmotadas para fardar con tus amigos; y aun se me estremece el alma de tu bromas indecentes. Así que no me jodas. Déjame probar mis propias fuerzas, a ver qué piedras muevo. Que me da vergüenza tu mirada fija, y no quiero que me toques con tus dedos sucios.
Y si aun así me quieres cerca, déjame tan sólo un pelo al que agarrarme. Pero no uno puntierrojo de la cresta, sino uno de un dedito de los pies, que lo olvides fácilmente. ¡Qué ya está bien de ser tu compañero! ¡Qué tengo ganas de hacer lo que me rote!

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